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El fin de una era chunky: cuando la moda vuelve a la elegancia

19 Feb 2026

Durante años, los borcegos dominaron el paisaje urbano: robustos, cómodos y con una estética que mezclaba rebeldía y practicidad. Fueron el calzado perfecto para una época donde la moda celebraba lo utilitario, lo oversized y lo despreocupado. Sin embargo, las tendencias —como los ciclos culturales que las impulsan— no permanecen inmóviles. Hoy, el giro es evidente: las siluetas se afinan, las líneas se vuelven más limpias y el protagonismo vuelve a un tipo de calzado que prioriza la elegancia por sobre la contundencia.

 

En las capitales de la moda, el cambio se percibe en la preferencia por botas estilizadas, modelos en punta, mocasines refinados o diseños biker de caña media, todos con un denominador común: una estética más pulida y femenina. La lógica detrás de esta transformación no es solo estética, sino también simbólica. Tras años de tendencias dominadas por lo “pesado” —plataformas exageradas, suelas tractor, volúmenes extremos— emerge una necesidad de sofisticación que transmite madurez visual y versatilidad. Las nuevas propuestas buscan estilizar la figura, alargar la silueta y aportar un aire más cuidado a los looks cotidianos.

 

 

Este movimiento también habla de algo más profundo: la moda como reflejo del clima emocional de una época. Cuando la incertidumbre domina, lo práctico gana terreno; cuando aparece el deseo de renovación, la estética se vuelve más refinada. Por eso, el regreso de las líneas elegantes no implica la desaparición total de los borcegos, sino su desplazamiento simbólico. Pasan de ser protagonistas a convertirse en una opción más dentro del armario, mientras otras formas ocupan el centro de la escena.

 

Adoptar nuevas tendencias no debería leerse como una imposición, sino como una invitación a explorar identidades. La moda funciona mejor cuando ofrece posibilidades, no reglas. Y quizá ese sea el verdadero mensaje detrás de este cambio de calzado: no se trata de abandonar lo cómodo, sino de redescubrir el placer de sentirse elegante incluso en lo cotidiano. Porque, al final, vestirse nunca es solo cubrir el cuerpo; es una manera de contar quiénes somos —o quiénes queremos ser— en cada paso que damos.